El cowboy brillante (Parte I)


Sentía anticipación y temor en el cuerpo al conducir cada noche por el angosto sendero, un tajo en la nieve profunda del bosque de pinos azules y arbustos que parecían figuras humanas en posturas diseñadas por el capricho del peso de la nieve sobre sus ramas.

Sobre el portal alumbrado de la casa deshabitada colgaban móviles raros y campanas oxidadas, que invadían con intención indefinida el silencio del inicio de la noche en que todo parecía lejano y ajeno, hasta el mural de azulejos, con los nombres de los cinco hijos, pero ella decidió no mirar con obsesión los detalles familiares.

Miedo a salir del automóvil, la noche, el silencio, el frío, la incomodidad de notar su espíritu señalándole presencia, los mensajes indescifrables de las campanas y la angustia de terminar allí olvidada, o quizás congelada y alguna vez tendría que pasar, en sus visitas diarias para alimentar a los animales detrás del cerco de madera, que esperaban solos, desde el día que él decidió partir.

Todas las noches los caballos la miraban, ella sabía que no era a ella a quien esperaban, sino a su voz fugada, que ya empezaba a escuchar en el bosque de los ecos y así esa noche el cowboy brillante apareció otra vez, pero ella sólo vio su espalda mientras él hablaba y gesticulaba mirando a las bestias, y les decía con el tono de siempre algo así como: “Hello my boys, my boys, here is your food, my boys” y los tentaba al mover el grano en el platillo hondo de metal, como lo hacía siempre.

Lo distinguía claramente apoyándose sobre la reja de madera, el ruido de las botas sobre nieve blanda, camisa escocesa y perfectamente ajustados sobre la musculatura natural, los vaqueros de toda la vida, con hoyos deshilachados en los muslos que se abrían con sus movimientos flexibles, esa agilidad que parecía más la pose de un genio anti intelectual.

Mirando al hombre que no se percataba de su presencia apagó el motor y se acercó a los dos caballos y a él, con una bolsa de maíz seco y un saco lleno de paja, y al caballo viejo le ofreció una de las mejillas y les habló, imitando el tono en inglés del hombre parado a su lado que continuaba ignorándola.

El sonido de los animales rumiando, el miedo indefinido, las campanas en movimiento por la fuerza de una brisa situada justo en el umbral de la casa, moría la última de fuego en el horizonte, decidió escapar marcha atrás, llegó al automóvil, se sentó de lado, prendió el motor, viró con rapidez en la cima y condujo apurada por el largo camino que al fin terminaba cuando miró en la consola, vio las llaves de la casa deshabitada desde su partida, a la que una vez más, esa noche, olvidó de entrar y pensó: “Mañana es el día, mañana. Atenderé a los caballos y me atreveré a cruzar de una buena vez el umbral”. VS 2014

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