La mansión Hardford (Cuento)


Por Víctor J. Sanz

mansionEl cochero detuvo los caballos en la misma puerta de la finca, se negó a seguir ni un metro más; aún faltaban cien metros hasta la casa, cuyos límites a duras penas se distinguían a causa de la espesa niebla y las ramas desnudas de los árboles. Hasta ese momento no quise hacer mucho caso de los rumores que llegaron hasta mí a torrentes en los días previos, todos eran portadores de la negra fama de la casa Hardford. Una fama tal vez inmerecida, no lo sé, pero desde luego ahora tenía un motivo más para comenzar a tomarme más en serio todas aquellas habladurías.

Antes de que pudiera darme cuenta, el coche de caballos se perdió entre la niebla por la que, a su vez, se perdía el camino. Volví la vista sobre la casa. Como un monstruo informe y boquiabierto me esperaba al final del camino embarrado. En ese momento un viento frío e inmisericorde arrancó un quejido a la puerta de hierro, que se abrió como recibiéndome. Me estremecí. El viento siguió soplando a mis espaldas, parecía empujarme hacia la casa. Me pregunto si el señor Tanner se acostumbró alguna vez a esta estampa. Lo dudo mucho. Antes de su muerte me escribió una última carta. Me pedía encarecidamente que viniera hasta aquí, hasta la ‘mansión’ Hardford, como él prefería llamarla. Y me advertía que desoyera todo cuanto pudiera oír sobre la casa. No es lo que usted se imagina, se lo puedo asegurar, explicaba. Venga usted lo antes posible, así acababa su carta Mr Tanner.

Me adentré en el camino embarrado entre lenguas de nieve sucia. La casa se me antojaba ahora casi normal, casi decepcionante, si se me permite. La puerta principal, a la izquierda estaba cerrada, al igual que las ventanas de la planta baja y al igual que las de la planta alta. Me percaté de que del alero colgaba amenazante una manta de nieve a punto de desprenderse. Di los últimos pasos hasta la puerta sin perder de vista la manta de nieve. Cuando llegué, el llamador de la puerta ya no estaba, la puerta estaba abierta. Del interior me llegó una voz de mujer sin dueña. Usted debe ser el sustituto de Mr Tanner. Asentí sin poder articular palabra. En ese mismo momento hubiera querido darme media vuelta para alejarme de la mansión Hardford cuanto me fuera posible.

Pasado algún tiempo y para bien o para mal, ya no tengo motivo para huir, después de todo quizás nunca lo tuve. Hace un momento Mr Hardford ha mandado llamarme. Debo acudir, pero antes escribiré una carta a mi sustituto.

Tomado de: http://letrasinquietas.es/la-mansion-hardford/

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