Para convocar a la vida


A todos los que resistimos a los violentos avatares del momento y reconocemos que aún existen niños que acarician los pétalos de las flores o lanzan besitos a los pájaros que revolotean en los jardines de sus edificios.

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Foto: Mery Sananes.

Me gusta un país que tenga pueblos como el de «Un caballo que era bien bonito» o el de «Mi mamá en un pueblito de recuerdos». Con seres maravillosos que nos digan «Rezo el Credo» y lo hagan con el carisma y la emoción con que aún lo hace nuestro Aquiles Nazoa.

Me gusta un país que tenga más de un unicornio azul con alas. Y que, aunque pequeñito, revolotee siempre sobre nuestras cabezas y llegue a nuestros dispuestos corazones.

Me gusta un país donde habite una vaca que se pinta de azul porque de oídas se enamoró del mar. Y exista, también, una guarida de lobos y lobitos como los que habitan en «Un lugar en el bosque».

Me gusta un país que alegre te dé los «buenos días» al subir al autobús o al metro; que siempre te retribuya con unas «muchas gracias» ante cualquier ofrecimiento, y sea capaz de brindarte las sonrisas y las miradas que brotan desde adentro.

Me gusta un país donde el otro te pregunte: «¿qué necesita, el amigo?». Y no te rechace o te denigre porque no usas el mismo color de su camisa o, así de simple, no compartas con él los mismos corazones o la misma cantidad de estrellas.

Me gusta un país donde el temor y la muerte no abran heridas que no se cerrarán nunca y puedan ser más fuertes que aquellas que hicieron la desconfianza y el odio por el sur de Nuestra América en los años setenta.

Me gusta un país donde la amistad corra a millares de abrazos por amigos y la velocidad de un caracol sea mayor, siempre, a la desesperación. Y sepa, sin dudarlo, quiénes son “los poetas que en el mundo han sido” para abrirle las puertas y ventanas del corazón.

Me gusta un país donde el pan de cada día sea amasado con el trabajo de todos. Y con la harina que ponemos en común y no por la corrupta hiel que nos hace reforzar las diferencias.

Me gusta un país, sin dudas, donde encuentre un camino para que todos podamos decir: – ¡Al fin encontré la paz, la verdadera, la del corazón sincero, la de la rosa blanca de José Martí! Y no la que nos encamina encorvados a los sepulcros.

Me gusta un país donde no haya juegos ocultos debajo de las mangas, ni en maletines de viajeros o en cheques abultados que aparecen de pronto en lejanos aeropuertos. Ni te compren tus saludos con aplausos de focas o supuestos decretos legales. O tengas que vender tus decisiones a treinta monedas por papeles.

Me gusta un país donde la autoridad de sus ciudadanos no nos parezca que está dirigida desde las cárceles. Y podamos ver, por siempre, menos muertos en sus calles y avenidas que a todos sus niños jugando, alegres, en sus plazas.

Me gusta, en fin, un país donde no tengas que irte para convocar a la vida sino, sencillamente, la convoques en cada gesto sencillo y simple como el de compartir una migaja de pan, un sorbo de agua, un cálido abrazo… O, la sonoridad de una canción que diga: – “Te quiero, nos queremos porque, simplemente, me quiero”.

Texto: Armando Quintero Laplume. Versión actual y nueva de un texto anterior.

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