Destino Sur (Cuento)


 

gruberManuel Darío Grüber

Sus ojos brillaban en la penumbra. Podía ir muy lejos con su férrea voluntad de seguir adelante con su misión. Su ideal era inquebrantable. La noche le parecía un refugio
en su marcha febril desde el alba, a partir de las rocas del Paguey. Se dirigía al Sur, ese era el destino. Había sido seleccionado – por su habilidad de sortear obstáculos- para entregar la carta cerca de la línea fronteriza. Era una travesía larga y ardua, de a pie y con buen avío, a campo traviesa por dos territorios. Los de la guarnición andina esperaban del otro lado de la montaña. Los vientos helados de los Andes podían entumecer sus músculos en su trajinar por riscos y planicies.

Al trasponer la cima de aquel monte descrito por sus superiores, podría visualizar la planicie donde campaban las tropas del General Rivas. A campo traviesa había sorteado buena cantidad de peligros. Nada de caminos reales, sólo atajos y trochas de cultivos agrícolas. Los bosques le habían sido propicios para el descanso y la orientación por la ruta que le habían trazado. Pequeños bosques de la llanura, matas, le recordaban peripecias de su primera juventud cerca de Santa Inés, su lar nativo. Ahora, era un soldado del ejército con una determinante misión que cumplir, sorteando el andillano para llegar al cabal cumplimiento de su deber como patriota. Se acercaba la hora de una batalla culminante. Llegó al tercer día de su jornada, cerca del atardecer. El mensaje de la carta definía una acción estratégica. Al entregar el encargo tuvo que permanecer en las filas de ese destacamento y aprestarse al combate con sus nuevos compañeros. El enemigo avanzaba hacia los claros del piedemonte.

La batalla se dio al amanecer del día siguiente. El General Rivas impartió órdenes tácticas y el batallón de infantería se desplegó a lo largo de la meseta, seguido de la caballería. Los patriotas contaban con buen arsenal, aunque poco menos en combatientes que los realistas, los que superaban los mil hombres. El coraje puesto de manifiesto por el bando criollo en dos horas de combates dominó con su ofensiva y consiguió la victoria. Algunos días después, el soldado de la carta, llamado Rigoberto Lugo, quien resultó herido sin gravedad, fue ascendido a Sargento de un solo plumazo. Su difícil travesía hacia el Sur rindió los esperados frutos por la causa libertadora

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