Gestación, de Mariajosé Escobar


Cuento Ganador del I Concurso de Cuentos Metro Relatos: Metro de Caracas- Monte Ávila Editores 2013

Mtro circulosSiete de la mañana. Lunes. Victoria al borde de la raya amarilla, mirando los circulitos de goma. Como de costumbre a esa hora, nada temprano frente a la gente que de verdad madruga en Caracas -el Metro abre a las 5:30 am- Victoria estaba en un estado sonambulesco.

Los insomnios acumulados durante 27 años le habían dejado un agotamiento matutino perenne, y cada vez que iba rumbo al trabajo se sentía todavía atrapada en un incandescente sueño, en el que las luces del día y los gestos de las personas, de los que como ella deambulaban esa ciudad debajo de la ciudad que es el Metro, le daban una clarividencia agotadora, un sentir cada movimiento, cada estímulo, cada vibración, una percepción exagerada de la realidad.

Así era la realidad en los sueños de Victoria, exagerada, caótica y por ello le costaba tanto separarla de la vida cierta, la frontera se le desdibujaba de a poco entre la noche y el día, entre lo cierto y las evanescencias de la mente.

Estaba esa mañana Victoria allí, esperando su tren. Estación Gato Negro era la garganta gatuna por la que bajaba todas las mañanas las escaleras mecánicas, y su destino, al otro polo, estación Altamira. Ese tránsito diario, le proveía de 40 minutos para dormir, escuchar música, leer, pensar o hurgar.

Sí, hurgar. Victoria era una hurgadora consumada. Espiaba a cada una de las personas del vagón. Iba diseccionando en su imaginación lindes del cuerpo, volúmenes, gestos, líneas de expresión, pieles, cabellos. Iba imaginando historias, una tras otra, en violenta sucesión en una mente como la suya, atiborrada y en movimiento constante, como el Metro de Caracas.

Empezó a verse, en el túnel, el reflejo amarillo de los focos del Metro, luego el reflejo se proyectó también en los rieles, y esa sensación, fascinante y terrible, de la brisa que empuja el metal del Metro. Victoria cerró los ojos para sentirla mejor unos segundos en su cara. Luego, como de costumbre, miró al conductor a los ojos, escrutando algún rasgo de miedo, alguna culpa anticipada. Luego el sonido. El sonido del Metro pasando por los rieles.

Victoria estaba de primera en la fila. “Dejar salir es entrar más rápido” es una máxima muy conveniente y cierta, si alguien le prestara atención. Caóticamente, como cada día, empezó el Metro a expulsar una multiplicidad de formas vagas, que la mente de Victoria estructuraba para comprender. Transeúntes apurados como ella luchaban por salir haciendo frente a huestes que, del otro lado, pugnaban por salir.

Victoria no era una “usuaria” atropelladora. Más bien se sentía, la mayoría de las veces, una suerte de pez llevado por la corriente de un gran cardumen que la empujaba y le marcaba la ruta, sin que ella pudiera hacer nada a voluntad.

En batalla cotidiana, de roces y miradas, de gestos y palabras, Victoria ese lunes, como cualquier otro, entró al vagón arrastrada por una multitud que se quejaba de que ella no hubiera entrado –siendo la primera- resueltamente antes de que salieran los que se bajaban en Gato Negro.

Victoria se abrió paso entre la multitud, cual hormiga luchadora. Estaba repleto el vagón. Un niño dormía en el brazo de su madre frente a ella. Un señor leía el periódico. Una señora se abanicaba. Un adolescente traía audífonos. Un señor gordo la miraba incómodamente de arriba abajo. Victoria frunció el seño. Le molestó haberse puesto falda ese día. Se miró al espejo y reacomodó el cabello rizado. De pronto se mareó un poco. Se miró al espejo, estaba un poco pálida. No dio importancia al hecho y continuó su viaje.

En Plaza Venezuela, como siempre, una multitud luchaba por entrar: “Arrímense que todavía entra gente” –dijo alguien- “Será unos arriba de otros” -replicó uno- pero el tiro le salió por la culata “Aaaaaaaayyyyyy” -corearon varios-.

Cuando alguien –y tal era el caso de Victoria- escruta tanto a los otros, algo de esos otros comienza a crecer dentro de sí. ¿Cómo limpiarnos los ojos, la piel, la boca luego de cada mirada? ¿Cómo deshacer el cruce, el sudor compartido en los túneles del Metro? Victoria había pensado tales cosas muy vagamente. Aún estaba entre dormida y despierta. Miraba a su alrededor. Todo le parecía tan resplandeciente. Como si un aterrador sol hubiera causado un mediodía extemporáneo en el vagón.

El hilo musical, Las cuatro estaciones de Vivaldi, poblaba el silencio usual de los lunes, cuando miles de personas, se levantaban luego de la anestesia local del fin de semana. Luego de las múltiples evasiones, de todo aquello que nos distrae del pixel en que devenimos transitando la ciudad en un mundo mecanizado como este.

Las cuatro estaciones era tal vez una alegoría. El Metro se iba parando en cada estación. Se llenaba, se vaciaba un poco, y se llenaba otra vez. Victoria pensó que los ritmos del Metro eran parecidos a los de la naturaleza: creación y destrucción, uno tras otro, y tal vez por eso, la canción. No porque nadie lo hubiera elegido así adrede, sino por esas extrañas circunstancias del azar.

Siete y cuarenta de la mañana. Lunes. Victoria llegó a su destino. Altamira. La sede de alguna oficina pública. El sol casi la ciega, sintió que veía blanco por unos segundos. Todo blanco. Todo suspendido y silencio. No escuchó voces, carros, nada. No escuchó el cornetazo del carro que casi la atropella porque estaba cruzando en luz verde. De pronto, Victoria volvió, y miró como embotada a un señor, de flux, corbata y barriga, que se bajaba del carro con actitud de reclamo. No dijo nada. Sólo lo miró y siguió caminando. “No puedo seguir así” –pensó- y reanudó la marcha.

Llegó a buena hora. Incluso antes de lo esperado. Al entrar a su oficina saludó a Mariana, la secretaria, que siempre era la primera en llegar. Se sentó en su escritorio. Prendió la computadora. Desayunó lo de siempre: pan integral con queso y un yogurt. Se metió en su correo, en Twitter, en Aporrea, en varios sitios de noticias. Comenzó así la cotidiana lucha contra el aburrimiento. Contra el no hacer. Esperando instrucciones de una jefa ausente. Buscando ocupar su tiempo en algo productivo para no morir en el intento. A media mañana le sobrevino otro mareo, esta vez más fuerte que el anterior. Mariana se dio cuenta y le trajo agua con azúcar.

En la tarde Victoria se puso a leer a Ludovico Silva La alienación como sistema y concluyó que cada día debía ser una lucha sin cuartel contra ese sistema. Era su convicción. Era una de las pocas esperanzas a las cuales se aferraba Victoria en esta vida llena de sin sabores.

Atendió llamadas, hizo presentaciones, se reunió con parte del equipo, programó algunas actividades, corrigió un informe que su jefa le mandó por correo.

Otro mareo, igual de fuerte que el segundo, se dejó sentir. Era como si algo estuviera alimentándose de ella, y le robara energía –pensó- pero no se lo dijo a nadie. Había muchas cosas que Victoria nunca decía a nadie.

Terminó su jornada laboral y se dirigió al Metro. Hora pico. Bajó las escaleras mecánicas de Altamira. Iba primero a Plaza Venezuela, y luego agarraría la transferencia a Ciudad Universitaria, porque era día de clases.

En la transferencia Victoria pensó en lo parecidas que eran las aglomeraciones de gente a los nidos de larvas. Larvales bajaban las escaleras mecánicas, y ella era eso, sólo eso, una larva más. Sudorosa y adosada a todas esas otras larvas humanas.

Entró al vagón, de última esta vez. Tras un breve trayecto, menos de cinco minutos, llegó Victoria a su destino. El Metro es muy rápido. Es el modo más rápido de llegar de un lugar a otro en Caracas –pensó Victoria-. Ya a esa hora había bajado la hora pico, así que salió en Ciudad Universitaria sin mayores problemas.

Fue Victoria a clases. Como siempre, sus profesores mezclaban las materias con la situación política, y buscaban cualquier excusa para hablar mal del gobierno. Pero a Victoria no le importaba, tan cansada como estaba, no discutía ya con ellos, no tenía caso. Sus opiniones seguirían igual de erradas. Además se seguía sintiendo mal. Le dolía la cabeza, y sintió su vientre inflamado. También sus senos. Estaba un poco mareada, pero no lo suficiente como para irse de la clase.

Terminó la materia. Tras una breve conversación con una amiga que terminó en “Un beso, me voy, me siento mal” –por su parte- y en un “No te descuides, deberías ir al médico, llevas días así” -por parte de la amiga- se fue Victoria. Había pasado todo el día sintiéndose sonámbula, sintiendo ese algo cobrando más y más fuerza en su interior.

Entró Victoria al Metro. Que estaba suavecito podría decirse, pues ya eran las 8:30pm. Cuando pasó por los torniquetes la tarjeta –ahora Victoria usaba tarjeta porque era más práctico- no pudo pasar. Se le acabaron los viajes. Fue entonces a la taquilla. Con 26 viajes en su bolsillo, Victoria pasó los torniquetes.

Estaba como atontada. Los sonidos se agudizaban, y era como el zumbido de mil abejas que revoloteaban de un lado a otro en su cerebro. Frente al silencio de las mañanas de los lunes, las tardes y noches eran estruendosas. Todo el mundo andaba como acelerado por haber salido por fin de la oficina o era tal vez la percepción –exagerada- de Victoria, la que generaba este efecto.

Bajó por las escaleras mecánicas sin mayor apuro. Se distrajo en la visión de cada peldaño siendo comido más bien devorado por esa oscuridad al final de la escalera. Y otra vez, y otra vez, y Victoria pensó en la constante reiteración de las formas y los hechos. Todo se repite en el mundo, nada puede detener el devenir. Tener tal visión aturde. Victoria estaba bastante desajustada.

Esperó en el borde de la raya amarilla el Metro. Según el reloj rojo faltaban 3 minutos de espera. Fueron eternos pues en su vientre, hinchado, Victoria sintió que algo se movía. Las manos le sudaron, y los dedos temblaban. Luego de unos instantes, toda ella temblaba, como si sintiera dentro de sí leves cortocircuitos.

Sintió el aire del Metro y vio las luces amarillas. Vio al conductor fijo a los ojos, pero no lo disfrutó como siempre. Se quedó en blanco otra vez. Sólo sentía empujones y palabras como: “Muévete”, “No te quedes allí parada”, “Permiso”, y por fin un amable “¿Señorita, señorita, se siente bien?”

Fue conducida por unas manos suaves escaleras arriba, y entró a un lugar en el que la acostaron en una camilla y le dieron agua con azúcar.

Abrió los ojos al rato, y vio a un hombre y a una mujer uniformados de camisa azul, funcionarios del Metro que la observaban. Se sobresaltó un poco. “¿Se siente mejor?” –preguntó el hombre- “Sí, no es nada, a veces me da” –dijo Victoria incorporándose- “Espere, termine de recuperarse” –dijo la mujer amablemente- “No, ya estoy bien, no es nada” –respondió Victoria tomando su bolso- “Tenía la tensión muy baja, espere un momento más” –insistió el funcionario- “Gracias” –se disculpó Victoria, saliendo-.

Volvió a bajar las escaleras mecánicas. Miró hacia atrás y ambos empleados la miraban de lejos con preocupación. Esperó de nuevo el Metro, al borde de la raya amarilla. Brisa. Luces. Mirada del conductor. Se abrió la puerta. Cuando entró notó algo extraño: clac, clac, clac. Sus pasos sonaban metálicos. Clac, clac, clac, cuando se sentó, su cadera y rodillas sonaron también. Victoria sólo quería llegar a su casa.

Se bajó en la transferencia hacia Plaza Venezuela. Eran las 9:30 pm. Iba a tener que agarrar camionetica para subir a su casa. Iba a tener que pagar el recargo nocturno que –arbitrariamente- cobraban los camioneteros. Victoria pensó en el sin sentido que era que el pasaje para su casa -a 6 cuadras de la estación- costara 7 BsF de noche mientras que, con sólo 1,50 BsF podía ir, en el Metro, a cualquier hora, de un polo a otro de la ciudad. Pero debía agarrar la camioneta, por la hora.

Se bajó Victoria en Plaza Venezuela. Cada paso sonaba clac, clac, clac, clac, clac, clac, clac, clac. Los gestos de las manos clac, clac, clac. Los movimientos del cuello clac, clac, clac.

Brisa. Luces. Mirada del chofer. Clac, Clac. Victoria sintió cortocircuitos dentro otra vez mientras llegaba el tren. Blanco. Silencio. Victoria sintió que ese algo crecía desde su vientre e iba apoderándose de cada espacio de su piel, de cada pliegue.

Clac, clac, clac. Victoria se sintió acorzada, de metal, clac, clac, una fina capa de Victoria se desprendió de ella y clac, clac clac. El ruido de los huesos triturándose.

Clac, clac, clac. Algo entró mecánicamente al vagón, sin mirar a nadie, sin pensar en nada, sin moverse casi. Clac, clac, clac Algo salió del vagón rápido, tropezando a todos. Clac, clac, clac, Algo llegó a casa sin saludar a nadie. Clac, clac, clac, Algo prendió el televisor, no comió, no habló con nadie, se acostó a dormir. Clac, clac, clac, Algo se levantó temprano, salió de casa, caminó hasta la estación, clac, clac clac, bajó las escaleras mecánicas sin pensar. Entró al vagón sin dejar salir clac, clac clac y así…

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