Vuelve el tiempo de leer


arpegiosSí, el verano ha vuelto al hemisferio norte, la gente se refresca en las playas y disfruta de un tiempo de ocio que con crisis o sin ella todos merecemos. Tumbados frente al mar, sobre la arena sin preocuparnos del paso de las horas “vivimos” el tiempo, no lo matamos como algunos pretenden. Y quienes no tienen la playa cerca o reniegan de la arena invaden las laderas de cadenas montañosas, riberas de ríos y lagos, parques y plazas de ciudades y pueblos, patios y espacios comunes entre los edificios….

Las lecturas cambian en esta época, en esos momento de felicidad que saboreamos como si de un helado exquisito se tratara, lamemos cada página del cuento o novela que hemos escogido este año para disfrutar, para protagonizar de algún modo la vida de otros, la que nos cuentan los autores de historias desconocidas. Aprendemos, descubrimos, opinamos, sin que nos afecte personalmente la emotividad de los personajes, sin tener que recordar fechas y datos matemáticos para examinarnos después o para aplicar en el trabajo diario, ¿se puede pedir más? Un libro, un e-book, una tablet, un teléfono móvil de esos caros pero que ahora tiene casi todo el mundo, cualquiera de estas herramientas nos harán pasar momentos deliciosos, inolvidables. Pasarán los años, recordaremos los hechos y mencionaremos felices “sí, lo recuerdo porque aquél fue el año que leí (tal o cual libro)”.

Cuando yo vivía en Montevideo (1954-1975), teníamos la sana costumbre de prestar libros y devolverlos. Era magnífico, porque siempre estabas provista de lecturas que te proponían tus amigos y vecinos mientras tú también recomendabas y prestabas tus libros. Aquella costumbre ancestral y genialidad social se basaba en compartir no el libro como un bien o propiedad material, sino la experiencia de la lectura, de las emociones que despertaba, la discusión sobre las conclusiones, aprendizajes, experiencias…, vividas durante la lectura. La vida era sencilla y cooperativa.

En casa recibíamos el verano en Diciembre (Montevideo = hemisferio Sur), venía acompañado de las Navidades; rescatábamos del armario a la vez bañadores, sombrilla, toallas de colores y guirnaldas, árbol de Navidad y figuritas del Belén. Entre los ritos tradicionales propios de la fecha iniciábamos la rutina estacional del calor: por la mañana íbamos a la playa, volvíamos a mediodía y comíamos tarde, descansábamos un rato y al atardecer nos instalábamos en el porche viendo las dalias y margaritas del jardín, cada uno en su silla y seguíamos leyendo, partiendo del punto en el que habíamos abandonado el libro al volver de la playa. Los vecinos pasaban por la calle y entraban a saludarnos, a preguntar, a devolver los libros que les habíamos dejado, a traernos otros que ellos habían terminado y les habían parecido interesantes, se sentaban un rato con nosotros, bebíamos algo fresco e intercambiábamos opiniones, nos conocíamos, los vecinos eran amigos, sus vidas no nos eran ajenas igual que la nuestra no lo era para ellos. Lo dicho, ¡era magnífico!

Cuando emigré a Madrid la moda lectora era otra, pocos prestaban libros y casi nadie los devolvía, pero antes de descubrirlo perdí 3 de mis libros preferidos que más adelante, en cuanto puede permitírmelo, tuve que recomprar. Así que dejé de ofrecer, de recomendar y de prestar. En algún caso comenté esta moda insolidaria con mis nuevos amigos de este hemisferio en el que establecí mi nido; me informaron y me aconsejaron no ser “pesada”, esperar que alguien me pidiera el favor de que le prestara un libro en lugar de ofrecerlo, no recomendar, no compartir, no insistir, que cada uno lea lo que quiera y cuando quiera, la gente “puede” comprarse sus propios libros. Y lo entendí, porque yo venía de una país pobre, donde no todos podían comprar todo lo que leían.  Pero tuve acceso a algo maravilloso: las bibliotecas de barrio (“populares” se llamaban entonces) que te prestaban libros durante 15 días renovables por otros 15, con la  sola presentación de un carnet casi gratuito. ¡Qué suerte!, pude seguir leyendo tanto como leía allí, sólo tenía que descubrir mis propios intereses, los autores que me gustaban, leer a otro ritmo, calcular el tiempo para no excederme del plazo concedido. Lo que me dio pena fue no tener la ocasión de organizar aquellas charlas desorganizadas y espontáneas sobre una lectura en común con otras personas; compartir se había convertido en una palabra desalojada ahora del mundo de la lectura.

Los del hemisferio Sur ahora leen puertas adentro, anochece pronto y saborean la lectura entre mantas calentitas, colocando doble almohada en la espalda y un pijamita abrigado, o sentados en el sofá con las piernas acurrucadas y subidas en le sito vacío quizá a su lado, o sobre el suelo alfombrado delante de la estufa, o aprovechando el solecito cálido del mediodía justo antes de comer, en el patio, o en esa silla colocada oportunamente al lado justo de la ventana. Leer siempre es un placer, cordial, cultural, sensual.

La lectura recomendada o descubierta, prestada o comprada, compartida o en soledad, siempre aporta algo nuevo a la vida: sabes qué hacen otros en situaciones distintas o idénticas a las que nos ha tocado vivir o aún no, saber qué hay más allá de tu jardín, del umbral de tu puerta o del alfeizar de tu ventana.

Contenta de que este año os he provisto de lectura, queridos seguidores, me dispongo ahora a disfrutar de lo mismo, de leer, para volver en septiembre a entregaros cada 15 días una nueva entrada de este mi blog. Y no me voy a privar de recomendaros, a los que aún no lo hayáis leído, mi libro de cuentos:

“ARPEGIOS DE MAR Y FUEGO: once cuentos de rencor”. Podéis adquirirlo pinchando aquí. (Si estáis en España y lo queréis dedicado, enviadme un e-mail y nos encontramos o, os lo envío por correo).

Leedlo en la playa, en la montaña o en la ciudad, junto a la estufa calentita de vuestro hogar o al salir del baño de mar, sobre la arena.

Yo me dispongo a leer el último de Almudena Grandes: “Las tres bodas de Manolita” y espero disfrutar tanto con él como disfruté con las dos entregas anteriores de sus episodios: “Inés y la alegría” y “el lector de Julio Verne”. Si estás por ahí, Almudena, gracias por escribir tan bien para nosotros. Un abrazo, compañera.

¡A disfrutar queridos amigos!, Nos leemos otra vez en Septiembre. Felices vacaciones a los del hemisferio Norte –como yo- y cálido invierno a los del hemisferio Sur

Susana Gómez Lages

sglages@gmail.com

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