Viaje al «gran espacio en blanco»


Vista desde una embarcación del río Congo y de la jungla que lo...

Vista desde una embarcación del río Congo y de la jungla que lo bordea. © Antoine Moens de Hase

JAVIER REVERTE/Madrid

«Árboles, árboles, millones de árboles, masas inmensas de ellos elevándose hacia las alturas; y a sus pies, navegando junto a la ribera, contra la corriente, se deslizaba aquel vapor lisiado, como se arrastra un escarabajo perezoso sobre el suelo de un elevado pórtico… Penetrábamos más y más en la espesura del corazón de las tinieblas«. Así describía Joseph Conrad, en su monumental novela, su viaje por el curso del río Congo, en el que navegó como capitán, en viaje de ida y vuelta, los 1.800 kilómetros que separan Kinsasha (entonces llamada Leopoldville) de Kisangani (entonces Stanleyville), a bordo del barco ‘Le Roi des Belges’. Sin duda, la novela es una de las obras literarias capitales del siglo XX. Y se hace más imperecedera todavía para quienes hemos navegado el río un siglo después.

Conrad era un joven polaco exiliado de su país desde los 17 años que llegó al Congo en junio de 1890, contratado por una compañía naviera belga, cuando ya había cumplido los 33 y después de haber servido durante 10 a diversas compañías de la marina mercante británica que operaban en Asia. Quería dejar su oficio y emprender la carrera de escritor y, de hecho, llevaba en su baúl viajero el primer manuscrito de la que habría de ser su primera novela, ‘La locura de Almayer’. Había optado al trabajo del Congo porque quería nuevas experiencias y, sobre todo, porque desde su infancia alentaba la idea de viajar a África, al ‘gran espacio en blanco’ que ocupaba el centro de las cartas del continente. Cuenta en sus memorias que, en un globo terráqueo que había en su casa, ponía el dedo en ese espacio y decía: «Cuando crezca, yo iré allí». Y cumplió su sueño.

Joseph Conrad

El Congo era por entonces una suerte de propiedad privada del rey Leopoldo II de Bélgica, quien explotaba sus materias primas por medio de una sociedad comercial que, en realidad, se dedicaba a esclavizar la mano de obra nativa y expoliar la riqueza en marfil y madera del inmenso territorio congoleño. Conrad tardaría muy poco tiempo en darse cuenta de que la empresa con la que había firmado su contrato escondía un corazón tenebroso. En agosto se embarcó en Leopoldville y, en el curso de su viaje por el río, fue testigo de todos los horrores que constituyen el alma de su novela. «Era como un fatigoso peregrinar en medio de visiones de pesadilla -señaló en su diario-. Morían (los nativos) lentamente… No eran enemigos, no eran criminales, sólo sombras negras de enfermedad y agotamiento, que yacían confusamente en la tiniebla verdosa».

Su libro es una suerte de parábola sobre el lado oscuro de la condición humana, pero al mismo tiempo no se aparta de la realidad: según constató en su prólogo de 1902 -la novela se había publicado en su primera edición en 1899- es «una experiencia llevada un poco, y solamente un poco, más allá de los hechos reales, con el propósito perfectamente legítimo, creo yo, de traerla a las mentes y el corazón de los hombres». Y en una carta señaló: «En el Congo dejé de ser una animal para convertirme en un escritor«.

La novela tiene dos protagonistas: el narrador, Marlow, alter ego de Conrad, que navega rio arriba en busca de un enigmático agente comercial llamado Kurtz. Pero según avanza en la corriente del Congo, rodeado de selva, la oscuridad del bosque primitivo va dejando de ser un espacio físico para adquirir un valor de símbolo, el carácter de una entidad perversa. Cuando al fin Marlow encuentra a Kurtz, descubre en el agente comercial a un hombre inteligente, cultivado, adornado de valores morales y que, sin embargo, ha sucumbido al poder maléfico de la selva, a las tinieblas que esconde el alma humana, a la «fascinación de lo abominable». Y Marlow, impresionado por la lúcida personalidad de Kurtz, afirma: «Su alma estaba loca». Para añadir: «La selva había logrado poseerlo pronto… Era una voz…, tenía algo que decir… Y lo había resumido y juzgado al decir: «¡El horror!«. Es la misma voz que, muchos años después, y en las selvas de Vietnam, Coppola pondría en boca de Marlon Brando, el Kurtz de ‘Apocalipse Now‘, basada en la novela conradiana.

El rio Congo es hoy como lo vio Conrad, el bosque milenario de los días en que «los árboles eran los señores de la tierra». Una selva enorme, impenetrable, bordeando una corriente de agua salvaje en donde apenas hay unas pocas aldeas y pequeñas ciudades habitadas. Yo lo navegué en 1997, a poco de ser derrocado el dictador Mobutu y, con ‘El corazón de las tinieblas’ abierto en mis manos, contemplaba las riberas descritas por Conrad: «Éramos vagabundos en medio de una tierra prehistórica, de una tierra que tenía el aspecto de un planeta desconocido… La tierra no parecía la tierra. Nos hemos acostumbrado a verla bajo la imagen encadenada de un monstruo conquistado. Pero allí…, allí podía vérsela como algo terrible y libre. Era algo no terrenal».

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