Presencia y testimonio del poeta Insausti


Manuel Darío Grüber

rafael_angel_insaustiHace pocos días que Rafael Ángel había pisado tierra venezolana procedente de París. Según noticias de su anciana madre, a quien yo visitaba en ciertas ocasiones para preguntar sobre la llegada del poeta, había llegado a Caracas y se disponía a viajar a Barinas por estos lluviosos días de junio.Conocía a Insausti por referencias literarias; su poesía había llamado mi atención por la ternura del tratamiento metafórico y filosófico en uno de sus poemarios: Laherencialeve, poemas para los niños y los adultos por igual: “Te dejaré la luz/ el ala/ el canto”. Aquí cabe la expresión de Carmen Mannarino: “Todo lector de La herencia leve, sin esfuerzo intelectual alguno, percibe un estado de candorque la palabra como honda sencillez le confiere valida de la connotación y el ritmo”.

La admiración por su poesía me condujo a conocerle personalmente. Aquel día Rafael Ángel apareció en el dintel de la puerta principal de la residencia materna, cerca del mediodía. Vestía su habitual traje negro, con una corbata gris-azulado.Era de mediana estatura, delgado y de semblante pálido; de hablar pausado, sin prisas y de impecable pronunciación. Creo que frisaba los sesenta años, de los cuales cerca de veinte los había vivido en Francia como delegado de nuestro país en la Unesco. Como mis inquietudes periodísticas afloraban, sobre todo en materia cultural, sostuvimos una breve entrevista, la que me dio la oportunidad de indagar sobre su personalidad. No lo recuerdo como hombre de mucho hablar, sólo lo necesario, quizás debido a su larga trayectoria de pensador y poeta, imbuido en su tarea de buscar en el Ser a través de sus propias interrogantes.

Al momento de la despedida, Rafael Ángelbuscó un libro en un estante de su biblioteca. Se trataba del magistral ensayo de Benedetto Croce, La poesía, obsequiándome el ejemplar con deferencia al conocer mis

inquietudes literarias. Esta entrevista con el culto bardo barinés ha quedado sellada en mi memoria. Me dejó su luz, su canto y un ala de su poesía.

2)   Por estos días de marzo me propuse la tarea de indagar sobre la palabra poética de Insausti, a poco más detreinta y cinco años de su desaparición física. Solía leer algunos poemas suyos en revistas literariasde la capital. Supe, hace algún tiempo, de su desdén hacia su poemario inicial,Remolino, al cual siguieron, en el devenir del tiempo, varias piezas de gran valía en el concierto universal del arte poética. Como hojas que caen de un árbol en la estación otoñal, los poemas de Insausti se diseminaron en varios idiomas. Fue políglota y tuvo a su cargo, avecindado en París, la traducción de poetas franceses e italianos. De su vida personal poco conocemos, sólo sabemos que transcurrió entre la fuerza de su creación poética y de vitales pasajes entre la dicha y la adversidad.

Dos de sus libros: Estar vivo y Conjuros a la muerte, marcaron un hito fundamental en su escritura, toda vez que por allí pasan torrentes metafóricos de sus ríos vivenciales: sus pasiones, sus exilios, sus desventuras. En general, los escritores escriben contra la muerte y el olvido,señaló la novelista española Rosa Montero. Así lo hizo Rafael Ángel, y asevera en un poema que “estar vivo es una dolorosa costumbre”.Poeta y poesía se funden para darnos ese testimonio con la rebeldía y el deber de quien toma la palabra en un punto cardinal de su existencia.

La obra de Insausti, en la hora actual, debe ser ampliamente difundida para honor y beneficio cultural de los barineses. El 22 de junio se cumplirán cien años de su nacimiento.

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