El Quijote: ¿La respuesta más genial de la historia de la literatura? – Libertad Digital


M. R. Martín

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Una de las maravillosas láminas creadas por Doré para El Quijote.

Ahora que el libro electrónico no deja excusas para quienes se quejan de acarrear grandes novelas a la playa, agosto puede ser un mes perfecto para releer, o leer por primera vez -una inmensa suerte- El Quijote. Y leerlo como seguramente lo leyeron los contemporáneos de Cervantes: como una obra entretenidísima, llena de humor y que pronto se convirtió en un auténtico bestseller de la época. Las infinitas interpretaciones de unos personajes que enseguida se convirtieron en inmortales llegaron después. En la superficie, El Quijote era, y sigue siendo, sobre todo, un libro para disfrutar, de verdad, de la lectura.

La mejor prueba de que El Quijote se convirtió enseguida en un libro de éxito fue la publicación de la segunda parte de Avellaneda, de la que este año se cumple el cuarto centenario. Sólo un año después, en 1615, Cervantes publicaría su segunda parte, llena de episodios geniales capaces de enterrar por sí mismos la obra de su imitador. El libro en sí constituía una respuesta, completa y maravillosa, a la falsa segunda parte de El Quijote. Pero Cervantes no se quedó ahí e intercaló varios mensajes directos al desconocido autor que se había atrevido a apoderarse de sus personajes. En su época, constituyó una novedosa forma de zanjar las habituales polémicas literarias. Después, se convirtió en un atractivo más de los muchos que encierra la obra.

La respuesta arranca en el prólogo, en el que Cervantes trata con desprecio al “señor” que osó apropiarse de su obra. “Castíguele su pecado, con su pan se lo coma y allá se lo haya”, dice el escritor, que afirma estar conteniendo sus críticas mientras construye, en unas pocas líneas, un ataque fulminante contra Avellaneda. Las críticas continúan dentro de la novela, en la que la realidad comienza a fundirse con la ficción en uno de los rasgos más revolucionarios de la obra. En la segunda parte, don Quijote y su escudero tienen ya una existencia que sobrepasa los límites del libro. Tras la publicación de la primera parte, los dos se encuentran en sus andanzas con que su fama les precede, como ocurre con los duques que les hacen objeto de sus burlas. El tiempo de las aventuras del caballero se confunde con el tiempo de Cervantes, al que se suma el tiempo del lector de la obra, que ve cómo Don Quijote y su escudero se hacen héroes de verdad tanto dentro como fuera de las páginas del libro, con frecuentes alusiones a ese mundo ajeno al de la novela, que tendrá su punto culminante en el camino de regreso del caballero a su aldea.

En un mesón, con Don Quijote abatido tras ser derrotado por el caballero de la Blanca Luna, el caballero y Sancho Panza se encuentran frente a frente con uno de los personajes del Quijote de Avellaneda, don Álvaro Tarfe. Cervantes hace que sean sus dos personajes los que tomen la palabra para responder, en persona, a Avellaneda y a quienes se creyeron su falsa segunda parte. Tarfe, Sancho y don Quijote comparan aventuras – ellos nunca estuvieron en Zaragoza, como decía Avellaneda- y caracteres -“más tenía de comilón que de bien hablado, y más de tonto que de gracioso”, dice Tarfe del falso Sancho-. Y, finalmente, tanto Sancho como Don Quijote toman la palabra para aclararle, a Tarfe y a todos los lectores, que ellos, y sólo ellos, son los personajes originales de Cervantes, anticipándose a la inmortalidad que alcanzarían después:

“Yo soy don Quijote de la Mancha, el mismo que dice la fama, y no ese desventurado que ha querido usurpar mi nombre y honrarse con mis pensamientos”.

El Don Quijote que lo proclama es el Quijote derrotado pero vencedor de numerosas aventuras. Cervantes le hace hablar cuando regresa a casa, casi al final de la auténtica segunda parte, tras haber visitado la maravillosa cueva de Montesinos, tras ver a Sancho gobernando, por fin, su ínsula; tras cabalgar por el aire a lomos de Clavileño… Sus palabras tienen muchísima más fuerza que los ataques del prólogo de Cervantes. Habla el personaje protagonista de una novela que hace palidecer a la impostora. Y, por si eso fuera poca humillación, Cervantes hace firmar a Tarfe, el personaje de Avellaneda, una declaración sobre cuál es el Quijote auténtico y cuál el falso.

La última respuesta, y definitiva, llega unos capítulos después, con la recuperación de la cordura y la muerte de Don Quijote, la solución de Cervantes para cortar futuros intentos de apropiación del personaje. Dan fe el cura y el escribano de que don Alonso Quijano ha fallecido “naturalmente”, un testimonio que quita “la ocasión de que algún otro autor que Cide Hamete Benengeli le resucitase falsamente y hiciese inacabables historias de sus hazañas”. De alguna manera, Avellaneda fue el responsable de que Cervantes matara a su personaje. Pero también de uno de los capítulos más brillantes de su obra.

vía El Quijote: ¿La respuesta más genial de la historia de la literatura? – Libertad Digital – Cultura.

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