Fritz y Franz, de Miguel Márquez


La violencia de los perros envenenados, la tristeza,

El horror chamuscado de las cosas, crepitantes,
La maquinaria que muele y quiere moler los engranajes,
Luces mortecinas, amoratadas, agónicas, contrahechas,
La miseria brutal del cadalso, de los calabozos,
La pestilencia, el engaño, las aguas empozadas,
Putrefactas, podridas, con gusaneras, con misóginos,
Con xenófobos, con racistas, con exclusiones muy puras,
La crueldad cotidiana como la gente del común,
El café en la mañana, el desayuno, el hogar,
La permanente vigilancia de los bombillos,
El desprecio, la rabia, la obsesión, la ira,
Cavamos y cavamos, la repulsión no basta,
Ni el vértigo, ni el repudio, ni la normalidad,
Suena una moto, un carro, fuman los pasajeros,
La fetidez como un asunto sin asunto,
El humo, el humo, el humo, las calles están cubiertas
De pésimos augurios mientras abren las panaderías,
Mujeres cruzan las calles con cervezas en la mano,
Yo soy la muerte, dicen, y nadie nos sigue, libres de todo mal,
Delincuentes, malandros, prostitutas, motorizados, obreros,
Maestros, médicos, desempleados, campesinos, intelectuales,
La desgracia crece con la hierba, con las bestias, con los niños,
Hartura que provoca esta gente de tan pésimo gusto,
En estas aguas también debería haber sangre,
Nosotros que queremos a Dios día a tras día,
Que paguen los culpables y sean expulsados para siempre,
Y la curación sea extrema, profunda, aleccionadora,
Profiláctica y definitiva.
Gertrude, por qué no te mueres ya.

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