El cortejo (Cuento)


Manuel Darío Grüber

Bajaba de tierras más altas hasta el piedemonte, dos veces por semana. El pequeño bar de don Mateo, en los últimos tres meses era de su habitual concurrencia. Más que una costumbre, pensaba que este lugar estaba destinado al encuentro con su felicidad. Era viudo, de algo más de cuarenta años, próspero horticultor con residencia en Pueblo Nuevo. Ahora la frecuencia de sus visitas se alargaba. En estos tiempos ni la lluvia ni la niebla frenaban su ansiedad de estar en aquel negocio donde pasaba largas horas de las tardes. A don Mateo su presencia le era grata, dedicándole al asiduo cliente un trato muy familiar.

El objeto de sus visitas estaba centrado en Andreina, la hija mayor de don Mateo. Era una buenamoza de unos veinte años, la que algunas veces atendía el bar junto a su progenitor. Era de buen carácter y tenía pulcras costumbres domésticas. Atraía su singular trato con todos sus conocidos. Genaro, el caballero de la niebla, se sintió muy atraído por ella al primer encuentro en ese lugar. Ella vivía con su familia muy cerca, a unos treinta metros del establecimiento.

Una de esas tardes soleadas, Genaro se presentó vestido de liquiliqui de lino blanco, con un sombrero pelo e ‘guama, muy a lo llanero. No era tiempo de neblinas y aprovechó el día soleado para cumplir con su romántico plan. Ese día don Mateo estaba ausente y el bar a cargo de Andreina. En las primeras de cambio, el hombre le declaró su amor, pero, para su mayor sorpresa, ella rechazó la propuesta argumentando ciertas razones de compromisos familiares.

El hombre insistió un par de veces más, sin embargo ella se mantuvo firme, sin dar mayores explicaciones. ¿“Qué incógnita se presentaba con esa negativa de aceptarlo”? Estaba seguro, y así lo había comprobado, que Andreina no tenía novio. Casi echa a rodar su orgullo y suplicarle, pero su reacción fue la del amante resignado. Finalmente, le pidió que aceptara un pequeño regalo para que, al menos, lo recordara al paso del tiempo. Se despidió con una triste sonrisa y jamás volvió por el lugar.

En la época actual, muy anciana, Andreina recuerda. El anillo con rubí lo conservó celosamente.

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