Fuegos en la noche, por Manuel Darío Gruber


Buscaron tesoros escondidos en algunos lugares de la población. Seguían las consejas  que llegaban de  una tradición sembrada  por los  antiguos habitantes de la comarca.  Carlos y Delfín  demostraron ser fieles  creyentes de  esas historias que venían  a enriquecer el imaginario popular  y que muchos moradores de Obispos seguían con fervor. Eran amigos y compadres, compañeros de tragos los fines de semana, luego de rendir sus labores de sustento familiar.  Su tema favorito de conversación era  la  búsqueda de unas famosas botijas llenas de morocotas, enterradas por  familias adineradas del lugar que huyeron de la guerra federal  rumbo a los Andes.

“El último dato de la vieja  Isolina  parece que tiene mucho de verdad.  El entierro debe estar  en  el  patio  de su vecina,  la que  se fue a  la capital” –  le dijo Delfín  a su  compadre.

Fue un sábado por la tarde, al anochecer, cuando  se encaminaron a  una  humilde casa a las afueras del pueblo.  Llevaban picos y palas y una lámpara a kerosene. El trabajo debía ser realizado con premura para adelantarse a la propagación del dato de la vieja Isolina y así  evitar  la presencia de otros buscones en el terreno.

Así lo recuerdo: ese trajín indagador de mi padre y Delfín.  Creo que andaba  en  mis ocho años de edad  cuando  me di cuenta de tales sucesos que emocionaban  a los moradores del pueblo  por  obra y gracia de los viejos lugareños.

La tan ansiada botija no afloró  en los primeros dos metros de hoyo, muy a pesar de  las  mágicas candelitas  que señalaba el lugar. Sin embargo, a pocos centímetros más de profundidad  dieron con una caja de madera con gruesos bordes de metal.  Su contenido, descubierto luego de nerviosas pulsaciones, dio al traste con las esperanzas de los dos excavadores. Se trataba de  papeles, tales como recibos, facturas, legajos  que no pasaron nunca por el Registro Municipal ni Notaría alguna, según se constató en su revisión.

Algunas monedas había, tal vez  unas cincuenta o sesenta: monedas de plata y cobre. Esto alivió un poco la tensión de los compadres. Podían disponer de ellas libremente, se las habían ganado con el sudor de sus frentes bajo el fulgor de la  luna llena. Los fuegos fatuos sabaneros  no los defraudaron. Un par de estas pequeñas luminiscencias se habían desplazado por el lugar del hallazgo, yendo y viniendo de manera fugaz, como jugueteando en medio de la noche.  Esto, por supuesto, avivó  la curiosidad de  los osados, los que se dieron a la tarea de la búsqueda del  tesoro  con el resultado que ya conocemos.

Los días siguientes,  mi padre y  Delfín  contaron, con cierta nostalgia  en rueda de amigos, los afanes y decepciones de esta aventura que pudo  hacerlos ricos de haber encontrado la  tan ansiada botija con  morocotas. Muchos años después,  supe que  aún andaban por esos lugares  esos fuegos nocturnos, los que se tienen por  almas en pena, sin buscarle alguna explicación científica.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s