Un compañero irlandés


SALTO AL REVERSO

Acostumbrado a concederse un tiempo a solas, André Moraes buscó el paraguas y salió rumbo al bar que acostumbraba ir en ocasiones como esta. La lluvia jugó un papel fundamental en aquella melancolía. La esposa acababa de abandonarlo, yéndose con otro: solo un affaire con quien había sido el padrino de su boda.

Nada hay más oportuno para una desgracia que el hecho de ser sucedida por otra, de tal manera que, sumándose a la primera, una llamada confirmaba lo que temía hace una semanas: lo despidieron de su trabajo. El guión de este melodrama iba cobrando vida. André llegó al bar y pidió “lo de siempre”. Un whisky irlandés con tres cubos de hielo; no dos, no uno, tres cubos de hielo.

“¿Qué sentido tiene agregarle uno solo? Moriría de soledad y, además, no me gustan los números pares”, solía argumentar el porqué de la exactitud en su capricho…

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