En búsqueda del héroe originario. Entrevista a Liliana Bodoc


Liliana Bodoc es una de las que llegó a cursar la carrera de Letras con la ingenuidad de que ahí se propiciaba la escritura. No sólo no se la incentivaba sino que de alguna manera se la condenaba, presuponiendo ignorantes a los que osaban escribir cuando había otros que ya lo habían hecho mejor: “Lo único que podíamos hacer era estudiarlos críticamente, teorizar acerca de ellos y los más pavos dedicarnos a dar clase. El arte tiene que seguir vivo y sigue vivo con la gente que vive al lado de mi casa, no con aquellos que fueron y murieron ya”.

bodoc_1762742-240Conversar con ella tiene el mismo efecto que las primeras páginas de sus libros, que te obligan a bajar del colectivo y caminar sin poder dejar de leerla.

Nos esperó con un mate y confesó que muchas veces mientras escribe le gusta cocinar. La cocina repica de una manera distinta, la mano tira de ahí y trae una sustancia mucho más atávica y femenina. Sin abandonar el mate, nos fuimos al Parque Avellaneda: “La elección de un parque para hablar de las cosas que me interesa contar, te agregaría un parque sin rejas, tiene que ver con la naturaleza, con la libertad y con un lugar de reunión. Esos son los tres grandes temas que me interesa desarrollar en mi escritura”.

¿De dónde surge el deseo de escribir?

Los estímulos vienen de muchos lugares, pero la gestión para mí empieza claramente en lo emocional, en la boca del estómago. Después pasa al nivel racional y uno sabe que eso es una novela, que requiere de análisis, que la va a leer otro y no tiene por qué comerse la neurosis emocional de nadie. Uno tiene que hacer de esa neurosis un producto artístico que el otro pueda decodificar para poder emocionarse. Pero sí, el inicio tiene que ser por algo que me atraviesa emocionalmente, sin eso no soy capaz de escribir ni la lista del supermercado.

¿Cómo es el proceso desde ese impulso que sale del estómago hasta sentarse a escribir y de ahí al “esto está listo para mostrárselo a alguien”?

En primer lugar hay que hacerle caso a Antonio Machado, él decía que no se puede escribir nunca con la emoción sino con el recuerdo de la emoción, dejar que pase el cimbronazo y quedarse con la índole, lo que nos dejó ese trance emocional. Ahí empiezan a jugar la técnica, el trabajo y en algún sentido el oficio. Esta es la historia, pero quiénes la van a encarnar, dónde, desde qué punto de vista, ahí se arma todo el barullo de la narración. La primer escritura es de un tránsito mucho más cercano, más pegado al texto. En la corrección hago un extrañamiento, lo miro desde más lejos, desde un lugar más crítico, más duro. Me gusta corregir, uno conoce su texto más profundamente y lo ve crecer.

¿Cómo es la elección del lenguaje?

El lenguaje es gigantesco, como si uno tuviera un enorme vestidor que puede recorrer y pensar qué es lo apropiado para la ocasión. Si voy a ir a correr al parque estaría bueno no ponerme tacos altos y un abrigo de piel porque me van mirar como loca pero además no va a ser eficiente para correr por el parque. Si quiero contar una historia grande, épica, que transcurre en un tiempo antiguo, busco esa instancia del lenguaje. Si quiero contar una historia que sucede aquí, ahora, con chicos parecidos a ustedes y señoras parecidas a mí, busco otra instancia del lenguaje. Tiene que ver con pensar cómo va a funcionar mejor la historia, cómo el lector se la va a creer más.

¿Hay algún momento que sufras o disfrutes más de todo el proceso?

La famosa página en blanco, el Word en blanco habría que decir, lejos de angustiarme me propone todas las posibilidades “acá todavía soy dueña y señora, todavía no puse –María dijo” y cuando puse María dijo ya dijo alguna cosa y empezás, necesariamente, a ser esclava de tu propia construcción narrativa. La página en blanco es la libertad absoluta. Pero hay que decirlo, ese momento no dura casi nada.

Me preocupa mucho la verosimilitud. Escribo literatura fantástica, quiero separar que no estoy hablando de realismo ni de lo verdadero, sí de lo que es verosímil, lo que dentro de un cosmos de un mundo cerrado funciona bien. Paso a veces malos ratos porque no me cierra el verosímil y tengo que remontar la novela, volver a armar toda una línea argumental o un desarrollo del personaje para llegar ahí y decir “ahora me lo creo”. Son los momentos más difíciles.

¿Hacés investigación previa a la hora de escribir, hay algún tipo de estructura para hacerlo?

Para muchas obras me fue absolutamente necesario hacer investigación. El caso de La Saga de los confines es el más claro. La lectura al principio tuvo que ver con decir “esto tiene que ver con el continente americano precolombino, con la américa originaria”, dónde empiezo: en el programa de literatura hispanoamericana I que había cursado en la facultad. A partir de ahí mi propia búsqueda, sobre todo mi propia búsqueda ideológica. Y armar un plafón, un lugar por el que caminar. Me sirvió mucho no esclavizarme a la bibliografía ni a la verdad, poner este rastreo bibliográfico al servicio de la ficción y no al revés.

La Saga de los Confines se tradujo en varias lenguas. Nos cuenta que en el continente latinoamericano hubo una recepción parecida, de identificación con la obra y el modelo de héroe que plantea. Sin embargo en España, en donde aunque se trate del mismo idioma hay una traducción cultural, no le fue muy bien: “La Saga tiene el lugar de los invasores, la lectura que hicieron, que tuve que enfrentar con esta carita, me sorprendió. Nosotros no somos esto”, dijeron. Yo dije: “Claro, ustedes no son eso, como los alemanes no son nazis y los argentinos no somos la dictadura militar. Ustedes son los españoles, los abuelos de nosotros, los que vinieron, laburaron, sudaron. Yo estaba hablando del imperio español y te digo más, de cualquier imperio avasallando a cualquier pueblo y cultura. No sé si me creyeron mucho, había una resistencia” .

La Saga de los Confines fue tu primera publicación. ¿Cuándo la escribiste? ¿Cómo surgió?

Empecé a escribir cuando ya tenía cuarenta años. Después de haber sido durante toda mi vida lectora, estudiante de la carrera de letras y docente, por primera vez, una idea me provocó el impulso de empezar a escribir una historia. Puedo identificarla con nombre y apellido: J. R. R. Tolkien. Conocer su épica me generó dos cosas muy fuertes y contrapuestas. Por un lado la alegría de tener ese texto en las manos y por el otro, una distancia ideológica muy grande frente al planteo que Tolkien hace. Me encontré con una homologación constante de virtudes espirituales con marcas raciales: los buenos en el Norte, los malos en el Sur, en el Oeste. Los orcos muy parecidos a los musulmanes, los elfos rubios y altos, etc. Tenía que ver con su visión del mundo, que no es la mía. Entonces dije “uy, qué bueno sería que alguien escribiera una épica fantástica del otro lado del mundo ideológico” donde los héroes estuvieran en el sur, fueran morenos, comieran maíz y las culturas no fueran monárquicas sino horizontales. Una épica contada desde nuestro continente, nuestro color, nuestro pensamiento y nuestras necesidades. Que tuviera un modelo social no centrado en Europa sino muy nuestro, muy americano.

¿Cuál es el rol del escritor en esa construcción?

El escritor o el narrador en una épica fantástica no puede ser una persona neutral que se muestre al mundo diciendo “acá está este mundo, yo no tomo partido, ustedes elijan”. Todo lo contrario, una épica fantástica en general toma partido por un modelo de mundo.

¿Encontraste en lo fantástico tu género?

Me gusta trabajar el realismo y a veces hasta meterme un poquitito en lo histórico, como un telón de fondo. Lo fantástico te da una posibilidad importante de libertad, jugar a que uno es un ratito un demiurgo, un Dios chiquito, que dice: “Señores este es mi mundo y acá todo va a funcionar así”. Después, hacete cargo.

¿Cuáles son los temas que te interesa trabajar en tu obra?

Una relación amorosa con el mundo. La libertad, porque como dijo el maravilloso Jorge Amado es el mayor bien del mundo. Todo lo demás puede esperar, no hay riqueza comparable a la libertad. Y la reunión porque en casi todos mis cuentos, mis novelas, se trata no de aquel muchachito o chica que transita sus dolores en esta soledad individualista. Siempre hay gente atrás, un colectivo humano tratando de resolver o incluso de destruir, me gusta pensar en lo colectivo. A mí me interesa siempre como escritora poner a gestionar esa historia en un lugar más grande que lo individual. La verdad es que no me creo que ninguna cosa, ni siquiera una historia de amor, nos pase a nosotros solos, siempre está el mundo metiendo las narices.

Para Bodoc el dibujo de héroe que se plantea en una historia épica no es para nada neutral. De hecho, de ese modelo depende la posición en el mundo en la que el narrador se ubica.

¿Qué pensás sobre la figura del “héroe”?

Cuando uno escribe un relato épico tiene que pensar necesariamente en un héroe que lo va a conducir. A partir del dibujo del héroe que se hace es que uno va a hablar de un mundo o de otro Es importante preguntarse qué es un héroe para uno. ¿Es el héroe de Hollywood, ese que llega en soledad, con sus virtudes genéticas y resuelve los problemas de un pueblo, que mira con cara de bobo y espera que ese muchacho con capa azul le resuelva la vida y se mande a mudar? La verdad que ese héroe a mí no me interesa, es el héroe del individualismo.

¿Cuál es el héroe que te interesa?

A mí me gusta pensar que el héroe es de alguna manera lo que un pueblo quiere que perdure de sí mismo, la memoria humana no puede retener todo, está obligada a desechar cosas, recordar otras. Este pueblo no puede recordar todo y a cada uno de los argentinos que transitaron este continente. Lo que hace es crear su propio héroe con las virtudes y condiciones que suponemos que nos representan. El héroe es eso, es la índole de un pueblo, lo mejor de un pueblo que galopa a caballo delante de los demás, San Martín en un punto. No es mucho más que aquel que reúne las mejores condiciones de su gente, de su pueblo y que a su pueblo se debe y que sin su pueblo no puede nada.

¿Cómo construís esa figura en tus relatos? Tu último libro sobre Los Confines está construido desde el antihéroe, cómo fue pararse desde ahí, bancarse eso…

Siempre es un riesgo, es un riesgo el héroe y es un riesgo el antihéroe, pero la realidad es que necesitamos tanto al uno como al otro. Son polos dialécticos absolutamente indispensables. Me preocupa siempre y mucho que el héroe sea creíble, de carne y hueso, que sea humano y complejo, pero es muy delicado el equilibrio porque si lo transformamos en una persona absolutamente igual a cualquiera deja de ser héroe. Me parece que uno de los grandes trabajos de la literatura épica fantástica actual, es que el público te pide algo más gris, más ambiguo. El gran desafío es que siga siendo héroe, que siga funcionando como este recorte cultural que nos simboliza. Y lo mismo pasa al revés: voy a justificar al antihéroe pero ojo, porque lo humanizo, si lo justifico tanto deja de funcionar como antihéroe y no me sirve más en la fórmula. Es interesantísimo, pero sabiendo que hay un riesgo y hay que tener cuidado de no cruzar esa línea porque ya la figura deja de funcionar en la épica.

Bodoc, parte de su origen, pero no se queda ahí. Tiene muy en claro que si dejamos de escribir la literatura se muere, si dejamos de producir el arte desaparece.

Los pueblos originarios están muy presentes en tu obra…

Vuelvo siempre a la sabiduría de nuestros pueblos originarios, creo que durante mucho tiempo y aún hoy nos quieren hacer creer que somos solamente hijos de los barcos, como decía Borges, que somos hijos de los inmigrantes. Y sí, mi abuelo era italiano, mi abuela era española, pero la verdad es que somos mestizos. Cuando decís “che” estás diciendo que tenés un abuelo originario porque “che” quiere decir gente, cuando comés zapallo, hasta cuando jugás pelota tenés abuelos originarios. A mí me parece que de esta condición mestiza aparecen un montón de posibilidades de contar y de ser de una manera. Ser mestizos nos pone en la búsqueda extraordinaria, maravillosa y necesaria del origen. Darme vuelta a ver de dónde soy y encontrar raíces desparramadas por todos lados, es una búsqueda .

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